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EL DIA QUE CONOCI JOHN FITZGERALD KENNEDY.

por Guillermo Alfonso Ortega-Noriega

Salvador de Bahía es una bella ciudad localizada en el nordeste brasileño. Ya vivía dos años allí cuando Antonio Escariz, un colega-periodista me invitó a escribir para la Tribuna da Bahia, un diario local, sobre mi encuentro con John Fitzgerald Kennedy. Kennedy era presidente en una época en que uno creía todavía en gobiernos y grandes lideres, como cierta vez lo dijo el periodista y escritor Brasileño Roberto Pompeu de Toledo.

El 22 de noviembre de 1973, ese periódico brasileño publicó una crónica narrando la oportunidad en que apreté la mano del Presidente John Fitzgerald Kennedy, diez años atrás para ser más exacto entre las 9:00 y 9:20 a.m. del 22 de noviembre de 1963 y había una fotografía de ese momento, o sea, tomada dos horas y algunos minutos antes de ser asesinado.

Durante cuarenta y dos años, esta foto me ha acompañado. En verdad, esta crónica rinde homenaje a los fotógrafos, a aquellos profesionales que capturan la realidad. La cosa más extraña mientras buscaba la fotografía en los archivos del Fort Worth Star Telegram es el fuerte sentimiento de que habría por lo menos una con toda seguridad. Tenía que haber una fotografía registrando ese instante.

Ignoro si en aquellos días se daba crédito de autoría escribiendo el nombre del fotógrafo al lado para garantizar los derechos de su pieza. Parece que no. Sea, pues este articulo, como lo dije, un homenaje a todos los fotógrafos anónimos de todo el mundo. Sin esa fotografía, este artículo podría ser perfectamente un trabajo de ficción. Gracias a ella no lo es.

La materia empezaba así: Tenía diecinueve años y vivía en la ciudad de Fort Worth, Texas. Trabajaba en la emergencia del Hospital John Peter Smith de las 11 p.m. hasta las siete de la mañana del día siguiente. De esta forma podía nivelar mi presupuesto mientras asistía clases en la Texas Christian University.

22 de noviembre, 7:15 a.m. Estaba bajando de un ómnibus para tomar otro que me llevaría a casa para descansar algunas horas antes de mi primera clase. Súbitamente, recordé que había sido anunciado para aquel día el discurso que John F. Kennedy pronunciaría en el estacionamiento del Texas Hotel a las 9:00 a.m.. Él estaba hospedado en aquel hotel desde el día anterior cuando arribara a Fort Worth, la ciudad gemela de Dallas, "donde comienza el oeste".

A las 7:20 a.m. me sentía exhausto con la idea fija de llegar en casa para dormir un poco. "Pero no es todos los días que uno tiene la oportunidad de conocer el presidente de los Estados Unidos personalmente " - pensé, mientras andaba en dirección del estacionamiento del Texas Hotel, habiendo mudado de idea aun sabiendo que tendría que esperar por cerca de dos horas hasta que el Presidente Kennedy apareciese.

No me arrepiento de haber tomado esa decisión. En aquellos días, Kennedy enfrentaba duros ataques de los medios de comunicación de los EUA y del mundo debido principalmente a la guerra del Vietnam. Su imagen no estaba en su mejor momento. De acuerdo con la prensa, el viaje a Texas no era muy oportuno además del hecho de no ser muy popular en esa región de los EUA. Más tarde, me daría cuenta que el único beneficio de su muerte fue, tal vez, haber recuperado su buena imagen.

Una vez en el estacionamiento, noté que no había un alma hasta aquel momento. Por algunos minutos, permanecí en un estado de letargo. A veces me pregunto como fui capaz de quedarme en pie. Jacqueline no apareció con él. Evidentemente, 9 de la mañana era muy temprano para enfrentar el público o quizás ella se encontraba en medio de un ataque de nervios escogiendo el vestido que usaría en su camino a Dallas. Jacqueline no era una mujer bella pero era elegante y hasta fútil. Esa era la impresión que tenía de ella por esos días.

Kennedy en el medio y a cada lado John Connally y Lyndon B. Johnson. Altas autoridades del Estado de Texas, comitiva y sobre todo, los hombres del Servicio Secreto, todos en movimiento hacia el palco donde el presidente hablaría por algunos minutos.

Pocos metros antes de llegar al lugar, el Presidente se desvió en dirección del público que formaba un semicírculo y empezó a saludar a todos dándoles la mano, bajo aquella atmósfera de sincera espontaneidad raramente vista en los políticos. Sin embargo, los hombres del Servicio Secreto lo obligaron a volver al lugar que debería ocupar de acuerdo al programa.

Sobre los agentes del Servicio Secreto, recuerdo que cargaba un maletín donde tenía por costumbre llevar un sándwich, una caja de leche y uno o dos libros para darles una leída en mi hora del café y del almuerzo a las 3 a.m. Como había llegado temprano al lugar de la presentación debo haber sido visto por los agentes, quienes por mi apariencia latinoamericana pueden haber considerado que podría ser una probable amenaza aun cuando Kennedy se daba muy bien con los "Tex-Mex" o "Chicanos", pero presumo que no podían correr ese riesgo. Dos caballeros bien vestidos usando sombreros e abrigos oscuros se instalaron a mis lados. Le pedí a uno, fósforos para encender un cigarrillo y él respondió con la cabeza de que no los tenía y continuó con las manos en los bolsillos.

Algo interesante sucedió conmigo ocho años más tarde cuando tuve la misma sensación. Invitado a un Festival de Cine en la URSS, estaba atrasado para mi llegada en la ciudad de Tashkent y para evitar la conexión Copenhague - Moscú que demoraría más, tomé un vuelo vía Leningrado. No recuerdo como lo conseguí pero sí sé que originé un tremendo problema de logística que sólo fue resuelto cuando dos señores, igual vestimenta y seriedad que los hombres del estacionamiento tejano, me condujeron a un avión rumbo a Moscú y sentaron a cada lado hasta la llegada.

En la otrora URSS, mi fisonomía se confundía con la gente de Uzbekistán donde la gran mayoría es Musulmana. No tengo seguridad si durante aquellos días existían problemas con el gobierno central. Me parece que sí los había.

El Presidente Kennedy habló durante quince minutos sobre cohetes, luna, NASA, petróleo de Texas, derechos civiles. La verdad es que no recuerdo exactamente lo que él dijo, yo ya estaba casi veinticuatro horas sin dormir. Kennedy se despidió y cuando estaba saliendo del palco decidió desobedecer el esquema de seguridad dirigiéndose nuevamente hacia la muchedumbre.

Paró enfrente a mí, me miró y extendió su mano derecha y sonrió mientras apretaba la mía. Estrechó las manos de otras personas volviendo entonces al Hotel donde desayunaría con elementos representativos de Texas. Después de ahí, seguiría con destino a Dallas.

La Sra. A. M. Lewallen me alquilaba un cuarto en su casa de la Avenida Wabash. Era mediodía y dormía. Un sueño muy desagradable se había instalado en mi mente: una pesadilla. Quería despertar pero no lo conseguía mientras mi cuerpo sudaba copiosamente.

Alguien había disparado en el Presidente Kennedy. Grité: ¡No! Ahí, desperté abruptamente. Mi boca estaba seca. Un silencio profundo se extendía por toda la vecindad. Un radio tocaba a cierta distancia pero no entendía lo que transmitía. El silencio entonces hería mi percepción. Levanté y bajé las escaleras hasta el primer piso deseando desesperadamente un vaso de agua. En ese instante, tropecé con la Sra. Lew. (Una dulce anciana que jamás olvidaré) completamente desconsolada. "El Presidente ha sido baleado, Billy!" (Tenía por costumbre llamarme por el diminutivo de mi primer nombre en Inglés) "El Presidente ha sido asesinado".

Aún durmiendo, mi subconsciente había capturado las noticias transmitidas por el radio y este, las había transformado en un sueño, o mejor dicho, una pesadilla. Senté en el peldaño de la escalera, dije algo en Español que no merece ser trascrito. Permanecí sentado allí no sé por cuanto tiempo.

Algunos días después, visité el Fort Worth Star Telegram para verificar en sus archivos de fotos las que habrían sido tomadas durante la visita del Presidente Kennedy a Fort Worth. Después de tres horas buscando entre cerca de dos mil fotos, encontré una. La fotografía registraba el momento en que el Presidente mirándome, extendía su mano. En realidad, encontré más fotos pero sólo tenía cuatro dólares para pagar el precio cobrado por una por el diario tejano.

Esta es la historia de un hecho conforme lo experimenté y viví cuando era joven. ¿Vería eso de la misma manera hoy día a los 63 años? No lo sé y nunca lo sabré. Lo bueno de los sesenta años es que no se invierte tiempo en ilusiones, esperanzas sí pero no ilusiones.

© Guillermo Alfonso Ortega-Noriega, 63, Peruano, Periodista y Escritor reside en Brasil desde 1971. Es fundador y director de la ONG: Grosrem, Alianza de Intercambio del Terciario y sus grupos de trabajo el Gros,Instituto para la Promoción Humana y el Grosnet, Specialized Web Hosting con base en Salvador de Bahía. - 22 Diciembre 2005. (Texto traducido al Español por el propio Autor.) E-mail: mitortega@gmail.com