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La materia empezaba
así: Tenía diecinueve
años y vivía en la ciudad de Fort Worth, Texas. Trabajaba
en la emergencia del Hospital John Peter Smith de las 11 p.m. hasta
las siete de la mañana del día siguiente. De esta
forma podía nivelar mi presupuesto mientras asistía
clases en la Texas Christian University.
22 de noviembre, 7:15 a.m.
Estaba bajando de un ómnibus para tomar otro que me llevaría
a casa para descansar algunas horas antes de mi primera clase. Súbitamente,
recordé que había sido anunciado para aquel día
el discurso que John F. Kennedy pronunciaría en el estacionamiento
del Texas Hotel a las 9:00 a.m.. Él estaba hospedado en aquel
hotel desde el día anterior cuando arribara a Fort Worth,
la ciudad gemela de Dallas, "donde comienza el oeste".
A las 7:20 a.m. me sentía
exhausto con la idea fija de llegar en casa para dormir un poco.
"Pero no es todos los días que uno tiene la oportunidad
de conocer el presidente de los Estados Unidos personalmente "
- pensé, mientras andaba en dirección del estacionamiento
del Texas Hotel, habiendo mudado de idea aun sabiendo que tendría
que esperar por cerca de dos horas hasta que el Presidente Kennedy
apareciese.
No me arrepiento de haber
tomado esa decisión. En aquellos días, Kennedy enfrentaba
duros ataques de los medios de comunicación de los EUA y
del mundo debido principalmente a la guerra del Vietnam. Su imagen
no estaba en su mejor momento. De acuerdo con la prensa, el viaje
a Texas no era muy oportuno además del hecho de no ser muy
popular en esa región de los EUA. Más
tarde, me daría cuenta que el único beneficio de su
muerte fue, tal vez, haber recuperado su buena imagen.
Una vez en el estacionamiento,
noté que no había un alma hasta aquel momento. Por
algunos minutos, permanecí en un estado de letargo. A veces
me pregunto como fui capaz de quedarme en pie. Jacqueline no apareció
con él. Evidentemente, 9 de la mañana era muy temprano
para enfrentar el público o quizás ella se encontraba
en medio de un ataque de nervios escogiendo el vestido que usaría
en su camino a Dallas. Jacqueline no era una mujer bella
pero era elegante y hasta fútil. Esa era la impresión
que tenía de ella por esos días.
Kennedy en el medio y a
cada lado John Connally y Lyndon B. Johnson. Altas autoridades del
Estado de Texas, comitiva y sobre todo, los hombres del Servicio
Secreto, todos en movimiento hacia el palco donde el presidente
hablaría por algunos minutos.
Pocos metros antes de llegar al lugar, el Presidente se desvió
en dirección del público que formaba un semicírculo
y empezó a saludar a todos dándoles la mano, bajo
aquella atmósfera de sincera espontaneidad raramente vista
en los políticos. Sin embargo, los hombres del Servicio Secreto
lo obligaron a volver al lugar que debería ocupar de acuerdo
al programa.
Sobre los agentes del Servicio
Secreto, recuerdo que cargaba un maletín donde tenía
por costumbre llevar un sándwich, una caja de leche y uno
o dos libros para darles una leída en mi hora del café
y del almuerzo a las 3 a.m. Como había llegado temprano al
lugar de la presentación debo haber sido visto por los agentes,
quienes por mi apariencia latinoamericana pueden haber considerado
que podría ser una probable amenaza aun cuando Kennedy se
daba muy bien con los "Tex-Mex" o "Chicanos",
pero presumo que no podían correr ese riesgo. Dos caballeros
bien vestidos usando sombreros e abrigos oscuros se instalaron a
mis lados. Le pedí a uno, fósforos para encender un
cigarrillo y él respondió con la cabeza de que no
los tenía y continuó con las manos en los bolsillos.
Algo interesante sucedió conmigo ocho años más
tarde cuando tuve la misma sensación. Invitado a un Festival
de Cine en la URSS, estaba atrasado para mi llegada en la ciudad
de Tashkent y para evitar la conexión Copenhague - Moscú
que demoraría más, tomé un vuelo vía
Leningrado. No recuerdo como lo conseguí pero sí sé
que originé un tremendo problema de logística que
sólo fue resuelto cuando dos señores, igual vestimenta
y seriedad que los hombres del estacionamiento tejano, me condujeron
a un avión rumbo a Moscú y sentaron a cada lado hasta
la llegada.
En la otrora URSS, mi fisonomía
se confundía con la gente de Uzbekistán donde la gran
mayoría es Musulmana. No tengo seguridad si durante aquellos
días existían problemas con el gobierno central. Me
parece que sí los había.
El Presidente Kennedy habló
durante quince minutos sobre cohetes, luna, NASA, petróleo
de Texas, derechos civiles. La verdad es que no recuerdo exactamente
lo que él dijo, yo ya estaba casi veinticuatro horas sin
dormir. Kennedy se despidió y cuando estaba saliendo del
palco decidió desobedecer el esquema de seguridad dirigiéndose
nuevamente hacia la muchedumbre.
Paró enfrente a mí, me miró y extendió
su mano derecha y sonrió mientras apretaba la mía.
Estrechó las manos de otras personas volviendo entonces al
Hotel donde desayunaría con elementos representativos de
Texas. Después de ahí, seguiría con destino
a Dallas.
La Sra. A. M. Lewallen me alquilaba un cuarto en su casa de la Avenida
Wabash. Era mediodía y dormía. Un sueño muy
desagradable se había instalado en mi mente: una pesadilla.
Quería despertar pero no lo conseguía mientras mi
cuerpo sudaba copiosamente.
Alguien había disparado
en el Presidente Kennedy. Grité: ¡No! Ahí, desperté
abruptamente. Mi boca estaba seca. Un silencio profundo se extendía
por toda la vecindad. Un radio tocaba a cierta distancia pero no
entendía lo que transmitía. El silencio entonces hería
mi percepción. Levanté y bajé las escaleras
hasta el primer piso deseando desesperadamente un vaso de agua.
En ese instante, tropecé con la Sra. Lew. (Una dulce anciana
que jamás olvidaré) completamente desconsolada. "El
Presidente ha sido baleado, Billy!" (Tenía por costumbre
llamarme por el diminutivo de mi primer nombre en Inglés)
"El Presidente ha sido asesinado".
Aún durmiendo, mi
subconsciente había capturado las noticias transmitidas por
el radio y este, las había transformado en un sueño,
o mejor dicho, una pesadilla. Senté en el peldaño
de la escalera, dije algo en Español que no merece ser trascrito.
Permanecí sentado allí no sé por cuanto tiempo.
Algunos días después,
visité el Fort Worth Star Telegram para verificar en sus
archivos de fotos las que habrían sido tomadas durante la
visita del Presidente Kennedy a Fort Worth. Después de tres
horas buscando entre cerca de dos mil fotos, encontré una.
La fotografía registraba el momento en que el Presidente
mirándome, extendía su mano. En realidad, encontré
más fotos pero sólo tenía cuatro dólares
para pagar el precio cobrado por una por el diario tejano.
Esta es la historia de un hecho conforme lo experimenté
y viví cuando era joven. ¿Vería eso de la misma
manera hoy día a los 63 años? No lo sé y nunca
lo sabré. Lo bueno de los sesenta años es que no se
invierte tiempo en ilusiones, esperanzas sí pero no ilusiones.
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